la Alegría en Spinoza

  Alegría es “el paso del hombre de una menor a una mayor perfección”; todo empieza y acaba con ella, pues todo organismo se esfuerza por protegerse e incrementar su poder vital. Es voluble, es fugaz, es variable, entonces cabe preguntarse ¿es algo que vale la pena mantener?

  Conocemos en nuestro camino (de paso por los Paises Bajos) hacia una alegría permanente a Baruch Spinoza (1632-1677), gran pensador occidental de la liberación interior. Nos insta a romper nuestras tiranas cadenas interiores y a liberarnos de las pasiones, para convertirlas, en última instancia, en acciones gracias al poder del entendimiento.

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  El ser humano se compone de un Cuerpo y de un Alma que se interrelacionan, por lo que es imposible pensarlos de forma separada. El Cuerpo es afectado por causas exteriores (afecciones) que imprimen una huella en su Alma, creando así una idea. Dichas ideas pueden ser adecuadas o inadecuadas, dependiendo de las gafas que nos pongamos: si usamos la razón, el entendimiento, para analizar dicha idea y hallar su causa, entonces será una idea adecauada. Si nos quitamos las gafas nos quedamos ciegos ante la idea, por lo que se nos presentará confusa e inadecuada para poder ser considerada “seriamente”, por lo que Spinoza no dudará en usar la palabra imaginario para referirse a éste grupo de sensaciones. El poder del entendimiento, la guía de la razón, resulta un mecanismo más eficaz para la satisfacción de las necesidades que ser movido por las dinámicas de lo imaginario

  Pero todos seguimos al conatus.¡Ay el conatus! es una palabra latina que significa esfuerzo; en tanto que estamos sometidos necesariamente al orden de la naturaleza, nos esforzamos por vivir, por conservar nuestro ser ante el mundo. No somos todopoderosos, no somos más que una parte de todo lo que nos rodea, del infinito, del eterno devenir de las cosas… de la Naturaleza, por lo que podemos ser aplastados en cuanlquier momento por otro conatus superior. (eso es la teoria, pero en la práctica, en la sociedad eso no se da de una manera tan drástica o aniquiladora como puede parecer). Nos regimos por ese esfuerzo, al que de común llamamos apetito o deseo, ya sea con o sin gafas razonables. También el sabio, pero éste, al conocer la necesidad con la que las cosas suceden no experimenta perturbación y logra “el verdadero contento del animo”.

  Conocer dicha necesidad es conocerse a uno mismo, la condición humana. la fuerza de los afectos se nos impone como sobrevenida,

“El hombre está sujeto siempre, necesariamente, a las pasiones y que sigue el orden común de la naturaleza, obedeciéndolo y acomodándose a él cuanto lo exige la naturaleza de las cosas”

    y ésta es nuestra servidumbre: nuestra condición de existencia. Somos deseo y tendemos a saciarlo, seamos o no consciente de ello. Parece desolador pero no lo es, pues no hay verguenza en ello. Lo que debemos es ser conscientes y conocernos, aceptarnos y obrar según la propia Naturaleza, según lo que somos. Existe, a mi parecer, mucha diferencia entre aceptar y ser consciente de lo que sentimos y en simplemente sentir sin ser conscientes. En éste último caso nos dejamos llevar por un torrente, por un caudal inmenso en un río infinito de acontecimientos que no podemos entender y ello, a la postre, nos produce una alegria fugaz, una tristeza infinita y un malestar emocional.

  Para finalizar, en tanto que no nacemos libres -pues estamos “encadenados” a los afectos-, psrs llegar a debemos hacer un esfuerzo racional de conocimiento de las causas, de sus afectos y de sus ideas. Ante la vida se nos presentas dos caminos:

· seguir buscando los beneficios ordinarios de la vida. Un bien incierto que produce espejismos de felicidad.

· andar el camino del amor espiritual a la naturaleza. Hacia un bien incierto por su posibilidad de encontrarlo, pero una vez hallado es estable. Éste amor nutre el alma con una alegría pura, sin tristeza. El mal deriva siempre de poner la felicidad o la desdicha en las cualidades de los objetos a los que adherimos nuestra inclinación. No podremos estar en un estado de permanente alegría si lo basamos en cosas materiales, en afectos inestables o en comparaciones inecesarias y dolorosas. Desapeguémonos de todo aquello que mengua nuestra vitalidad y acerquemos a lo positivo de nuestro entorno.

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