El viejo y el mar

   La gran pasión de Ernest Hemingway (1899-1961) fue la pesca. Ya consagrado como escritor, dedicó su pluma a tratar los trabajos del mar en diversos artículos -que aquí no trataré-.

James Bay – Hold back the river

   A modo introductorio, vale la pena plasmar unas breves pinceladas sobre los pescadores. Éstos requieren de instrumentos que deben funcionar como tales y, que al hacerlo, construyen un lenguaje propio de sorpresivas conjugaciones, los muchos modos de un anzuelo.

   Y éste es el héroe de Hemingway, el que quiere identificarse con las acciones que realiza, estar él mismo en la suma de sus gestos, en la adhesión a una técnica manual o de algún modo práctica. El héroe trata de no tener otro problema, otro compromiso que el de saber hacer algo bien.

    Y es lo que hallamos en el libro. Un héroe a lo Hemingway.

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  Como los buenos y grandes estudiosos de éste autor han llamado, la teoría del Iceberg de Hemingway consiste en que un relato sólo muestra una mínima parte de la historia y depende de una sólida realidad que se mantiene oculta. Y en tanto que se mantiene oculta, no puedo sino indagar en la sólida realidad de éste breve pero intenso relato. Porque al fin y al cabo, ¿qué es la realidad?

   Virginia Woolf dijo en su día que es aquello de lo que deben hablar (o bien escribir) los novelistas. Pero puesto que el autor que os propongo ésta semana dijo en su momento que, las cosas como son, no se consideraba escritor, o algo parecido -al menos no sentía que fuera un experto en el tema-,¿qué realidad nos está presentando?

  Si me dejo llevar por el olor a salitre que desprendes sus palabras, en un primer momento me parece que quiere mostrarnos ese cachito de realidad que se halla en su interior y que quiere que el mundo conozca. No considerándose un escritor, está aún más lejos de representar a su héroe. En primer lugar no se identifica con las acciones que realiza, no se siente en suma ni en comunión con su trabajo, con lo que le proporciona de modo práctico un plato caliente sobre la mesa, unas facturas pagadas o unos calcetines nuevos.

   Pero sí que encontramos al héroe en todo su esplendor en el protagonista de la novela, quien representa una forma arcaica de pensar, aquella en que el valor individual se mide en la resistencia de las presas.

   Como sabéis, el relato trata sobre un viejo pescador sin suerte, que tras muchos muchos días sin nada en su anzuelo, decide adentrarse en el mar para probar suerte. Pese a lo arriesgado que pueda ser, trascurren un par de días en los que, con pelos y señales, sabemos paso a paso cómo y de que manera pesca, por fin, a su Goliat.

   Lo decisivo es la sensación de realidad que transmite. Tal es así que hay quien no puede ni acabar de leerlo por lo aburrido y pesado que puede tornarse. Un viejo, un pez -enorme-, diálogo interior, conversaciones con el pez… Mucho sol, mucha sal, noches estrellada, el pez otra vez, el anzuelo, más sol, más agua, una barca pequeña y la vejez.

   Pero a lo largo de las páginas, nuestro anciano muestra una conversión, pues en un primer momento el pez es una cosa, pero progresivamente deja de serlo y deviene un ente, un él, un amigo, un rival, Goliat. Hay un interesantisimo paso del objeto al sujeto, es decir, una subjetivación de la cosa. Se crea conciencia a partir del trato con las cosas.

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   Y ésta, señoras y señores es la magia de lo breve. Que denso como sólo la realidad puede serlo, el relato se filtra por los poros de nuestra piel, que nos empieza a oler a sal y cuyo sol nos quema las retinas. Y el regusto amargo de la victoria, pero a su vez de la derrota, sólo como la realidad sabe hacerlo, nos lleva poco a poco al final del relato.

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2 pensamientos en “El viejo y el mar

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