Middlesex

Nací dos veces: fui niña primero, en un increíble día sin niebla tóxica en Detroit, en enero de 1960; y chico después, en una sala de urgencias cerca de Petoskey, Michigan, en agosto de 1974.

Vasílis Tsitsánis – ?¿

   De esta guisa empieza Jeffrey Eugenides (Detroit, 1960) la increíblemente maravillosa novela Middlesex, la historia de un hermafrodita, Calíope Helen Stephanides cuyos abuelos emigraron de Brusa a Detroit en 1922.

   Bien podría ser ésta la historia de su vida, una narración donde la protagonista crece y experimenta cambios y busca su auténtica identidad entre el estallido hormonal propio de la pubertad. Además le debemos añadir el componente nada desdeñable de la condición del personaje principal, el hermafroditismo, que hace que la búsqueda sea un poco más complicada.

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   Pero no es en ésta trama en la que quiero hacer hincapié para grabar la idea principal de la novela, sino en la historia genética que en ella se narra. Porque todo empieza en un pequeño pueblecito perdido en las montañas, de donde los abuelos de Calípoe tienen que emigrar para sobrevivir a los ataques de los turcos.

  Es la historia de la mutación recesiva ligada al quinto cromosoma con deficiencia de 5-alfa reductasa de cómo prosperó desde la falda del Monte Olimpo hasta Detroit, transmitiéndose durante nueve generaciones, escondido e invisible al ojo humano. Y es que a lo largo de la increíble y deleitable lectura, conocemos la historia de los abuelos, cómo se conocieron, cómo emigraron, como tuvieron hijos… Y todo ello desde el punto de vista de la propia Calíope.

   Éste punto de vista de narrador en parte omnisciente es una hermosa aportación a la historia, llenándola de matices y anécdotas que se complementan a las diversas acotaciones históricas. Porque a parte de saber más sobre la familia Stephanides, el autor no duda en ser fiel a la Historia aportando datos sobre los conflictos bélicos entre Grecia y Turquía de los años 20, la inmigración a América, la Gran Depresión, los altercados en Detroit … ¡Ah! se me olvidaba mencionar el sinfín de alusiones a los grandes clásicos de la literatura y la filosofía griega, que hacen que la historia tenga otra vuelta de tuerca, otro plano de lectura que no hace sino aportar una dimensión más profunda todavía.

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   Y un buen día nació Calíope, su huevo se desprendió de la historia de la evolución y fue arrojada al mundo. Y en éste punto notó más el peso del mundo, ahora que formaba parte de él.

  Desde entonces se sigue una búsqueda por la identidad, un viaje que lleva hasta los lugares más oscuros de la sexualidad, pero todo ello narrado de una forma nada cruda o técnicamente, realista.  Una falta de realismo propia de una niña de 14 años que acaba de enterarse de que no es una niña normal y corriente y, que tras buscar en un diccionario de la Biblioteca de Nueva York, asocia el hermafroditismo a la palabra monstruo. Y en su laberinto de sentimientos y emociones, ella se siente más como el Minotauro que como Ariadna.

  Si bien toda gran tragedia griega es circular, la búsqueda de su otra mitad se ve adulterada por su hermafroditismo, pero de una forma no tan dramática como podría esperarse. Al fin y al cabo, como bien decía Platón buscamos nuestra otra mitad el andrógino que fuimos… pero qué pasa cuando las dos mitades, sin estar plenamente desarrolladas (pues por algo hablamos de mitades), ya forman parte del uno mismo, es decir, ¿qué cabe buscar cuando ya eres ése andrógino?

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